Por qué las marcas necesitan propósito (de verdad) y no solo un eslogan bonito
Hay un fenómeno curioso en el mundo corporativo: todo el mundo habla de “propósito”, pero muy pocas compañías podrían explicarlo sin mirar una presentación de PowerPoint. Y lo peor es que sus audiencias —clientes, empleados y partners— lo notan.
La pregunta está ahí, incómoda pero necesaria: ¿sirve de algo un propósito si no cambia comportamientos, decisiones y experiencias?
La realidad es que el mercado ya no tolera marcas que prometen una cosa y hacen otra. Los equipos tampoco. El propósito dejó de ser una frase inspiradora colgada en la recepción y pasó a ser un sistema operativo que sostiene cómo se trabaja, cómo se innova y cómo se relaciona una empresa con su comunidad. Todo lo demás son fuegos artificiales.
Cuando el propósito se queda en marketing, se nota
Hay señales claras de que una marca tiene un “propósito cosmético”:
- El claim suena bien, pero nadie del equipo podría explicar qué implica en su día a día.
- Las acciones no acompañan: campañas que hablan de diversidad mientras el comité directivo es todo lo contrario; empresas que proclaman sostenibilidad pero no revisan su cadena de suministro.
- La experiencia —eventos, comunicación, producto— va por un camino distinto al discurso.
Este desajuste erosiona confianza. Según estudios recientes de Edelman Trust Barometer, la coherencia entre lo que una marca dice y lo que hace es uno de los factores más determinantes para construir credibilidad. No hace falta inventar datos: basta mirar alrededor. Las compañías que sufren crisis reputacionales no siempre cometen un error… muchas veces simplemente se les cae la máscara.
El propósito real no es un claim: es una decisión estratégica
Cuando se trabaja bien, el propósito no describe lo que una marca quiere parecer, sino por qué existe y qué estaría dispuesta a sacrificar para mantenerse fiel a ello. Esa diferencia lo cambia todo.
Un propósito operativo:
- Orienta decisiones difíciles.
- Define cómo se priorizan proyectos y recursos.
- Sirve como brújula en contextos inciertos.
- Marca la experiencia interna y externa de la compañía.
Pensemos en ejemplos plausibles:
— Una empresa tecnológica cuyo propósito es “empoderar a pequeñas empresas” decide no desarrollar una funcionalidad que automatiza en exceso porque desplaza empleos en micro-negocios.
— Una marca de alimentación comprometida con “cultivar bienestar real” invierte antes en reformular ingredientes que en una campaña masiva.
— Una compañía de retail que afirma “hacer la moda más accesible” reorganiza toda su estrategia de eventos para que sean inclusivos, no aspiracionales.
No hace falta que sean gigantes globales. La diferencia está en la coherencia, no en el tamaño.
Sin propósito no hay cultura, y sin cultura no hay equipo
El propósito es también una herramienta brutal para atraer y retener talento. No porque suene inspirador, sino porque reduce la fricción interna. Cuando los equipos saben qué persigue la compañía más allá del beneficio inmediato, trabajan con más claridad y menos desgaste.
En eventos corporativos se ve muy claro: las experiencias con mayor impacto emocional suelen ser las que conectan al equipo con algo más grande que sus tareas diarias. No es casualidad que muchas organizaciones estén rediseñando sus jornadas internas —kickoffs, días de valores, programas de bienvenida— para bajar el propósito de la teoría a lo tangible.
No “lo que decimos que somos”, sino “cómo se siente ser parte de esto”.
El propósito convierte las experiencias en un mensaje consistente
Aquí es donde se nota quién lo trabaja de verdad. Las marcas con propósito alineado utilizan las experiencias —internas o externas— como demostración práctica de su identidad. No buscan sorprender por sorprender, sino reforzar lo que representan.
Ejemplos plausibles:
- Una compañía orientada al bienestar diseña encuentros donde la energía, los ritmos y los espacios acompañan esa filosofía.
- Una marca obsesionada con la curiosidad construye micro-experiencias que invitan a experimentar, no a recibir pasivamente.
- Una empresa con foco en impacto local prioriza proveedores, artesanos y contenidos que celebren la comunidad donde opera.
En todos estos casos, el propósito no se cuenta: se vive. Y eso genera una huella emocional mucho más duradera que cualquier campaña.
El mayor riesgo hoy es tener un propósito que nadie cree
La gente no exige marcas perfectas, exige marcas honestas. Un propósito débil no solo no ayuda; hace daño. Si una compañía proclama algo y no lo respalda, crea cinismo, desconfianza y distancia emocional.
Lo que realmente funciona es trabajar procesos, comportamientos y experiencias que, sumados, hacen que el propósito deje de ser abstracto.
Más que preguntarse “¿qué propósito queremos comunicar?”, la pregunta útil es otra:
¿qué estamos dispuestos a hacer, de verdad, para sostenerlo?
Ahí es donde empieza todo.




